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Desde que he tenido uso de razón, siendo todavía una niña, siempre supe que mi familia biológica no era mi familia de pertenencia. Con los años, los acontecimientos que he tenido que vivir, numerosas lecturas y mucha investigación por mi parte, ahora puedo decir que estoy totalmente segura de ello.

Muchas mujeres somos hijas de unos progenitores que no tienen en cuenta nuestros deseos, nuestras inquietudes, nuestros gustos y preferencias. Solamente les preocupa que seamos como ellos quieren, bien sea por el que dirán, por aparentar o por mantener una posición social que sólo a ellos les importa. Vivimos y crecemos como forasteras en nuestra propia familia, nos volvemos solitarias, reservadas y sufrimos.

En otras ocasiones nuestra madre o nuestro padre están ausentes porque no están satisfechos con su vida, tienen otras prioridades o simplemente están ocupados en su trabajo y pasamos nuestra infancia con un enorme vacío emocional que terminamos pagándolo en la vida adulta. Miras con recelo la madre de una amiga o una gran matriarca y piensas que sería la madre perfecta para ti. Hasta incluso, puedes llegar a establecer vínculos con otras personas adultas que más se ajustan a tus patrones y a tu verdadera esencia. No hay nada malo en ello, salvo la interpretación que puedan tener tus padres biológicos al respecto.

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En mis conclusiones, he aprendido que es posible que una persona no pertenezca a su familia, si biológicamente, pero en sus creencias más puras y profundas se identifique con otro grupo de personas. Una gran amiga puede convertirse en tu hermana mayor, un hombre anciano al que proceses un cariño sano puede convertirse en el padre o abuelo que siempre has ansiado. Una conversación profunda con alguien en un momento determinado demuestra que pertenece a tu mismo clan.

Y así te vas pasando la vida encontrando trocitos de ti en otras personas, incluso de otras culturas y razas que, aunque no lleven tu misma sangre, sabes que son de tu grupo de pertenencia porque lo sientes dentro de ti y ahí se quedan para toda la vida.

Lo que me lleva a afirmar que todos formamos parte de un todo, independientemente de donde procedamos biológicamente.

Para la redacción de este artículo me he basado en un capítulo del libro “MUJERES QUE CORREN CON LOBOS” de Clarissa Pinkola Estés 

Por Irene Cal

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